EL HADA MADRINA. PRIMERA PARTE

Las mentiras siempre nos faltan factura.

Había una vez una joven hermosa a la que no le gustaba nada la costura, pero vete aquí que se iba a casar y  a su prometido, el príncipe, le encantaban las mujeres hacendosas y siempre alababa la maestría que tenía su madre, la reina, para la alta costura. 

La muchacha era hermosa como la luna de octubre, pero no era de noble cuna, y temía que cualquier defecto pudiera echar por tierra la boda, pero su desapego a la costura era mayor que la ilusión de las nupcias, así que decidió dejar para mejor ocasión el complacer a su futuro marido con las artes del hilo y la aguja. 

Cierto día, a poco tiempo de celebrarse la boda, el príncipe le pidió a su prometida que le tejiera unos guantes para la reina, porque quería demostrarle con aquella prenda que su futura nuera no sólo era hermosa, sino que además sabía coser tan bien como las mejores hilanderas del reino. 

La chica estaba desolada, no sabía qué hacer, así que se pasó la noche llorando al ver que sus intentos de hacer un par de guantes eran nulos. 

¿Quién podría ayudar a la joven en un momento de apuro como aquél? Ninguna de sus hermanas, celosas y llenas de envidia por su suerte de haber conquistado el corazón del príncipe, estaban dispuestas a echarle una mano. 

Su propia madre, una mujer fuerte y honrada, no permitiría trampa alguna, y, en lugar de ayudarle le reprendía con dureza: “Si hubieras aprendido a tejer igual que tus hermanas en lugar de andar cuidando tus cabellos, tus labios, tus manos y tus ojos, otro gallo te cantaría, pero siempre has sido presumida y perezosa, y ahora la vanidad que tanto has cultivado se ha convertido en tu enemiga”. 

El príncipe pasó por la mañana a preguntar: 

–          ¿Ya están los guantes de la reina? 

 Y la muchacha le contestaba sin salir de su habitación: 

–           No, aún no… 

–          ¿Falta mucho? 

–          No, pero tengo que acabarlos bien acabados, para que sean unos guantes dignos de la reina”. 

El príncipe volvió a marcharse, soñando con unos guantes preciosos para su madre y prometiendo volver al día siguiente. 

–          ¿Ya están terminados los guantes? 

–          No, aún no… 

–          Pues hay que darse un poco de prisa, porque mañana es el aniversario de la reina y ya le he prometido los guantes hechos por las manos de la que será mi esposa y compañera. Pasaré mañana temprano a por ellos. 

La voz del príncipe sonó malhumorada, en parte por la demora excesiva en la elaboración de los guantes, y en mayor parte porque hacía tres días que no veía a su hermosa amada. 

Esa noche la muchacha lloró más que nunca y pidió ayuda con todo su corazón, y lo hizo con tal fuerza, que en medio de la noche apareció su Hada Madrina y le dijo: 

–          ¿Qué deseas ahijada mía, por qué lloras con tanto dolor? 

–         Quiero unos guantes para la reina, pero no sé coser, y, si te digo la verdad, tampoco quiero aprender. Pero eso no es lo peor, lo peor es que el príncipe dejará de quererme cuando se entere que no se coser, que soy una mentirosa y que en realidad nunca me ha gustado coser ni el remiendo de unos calcetines.

–         Por lo menos eres sincera conmigo, (dijo el Hada Madrina sonriendo ante las ingenuas congojas de la muchacha), y debido a ello te ayudaré.

Puertas interior