EL HADA MADRINA. SEGUNDA PARTE

Una mentira nunca puede tapar otra mentira.

–         ¿Me convertirás en una buena costurera?

–         No, no gastaré mi magia en ese tipo de bagatelas, además, ya me has dicho que no te gusta la costura ni quieres aprender a coser, así que les pediré el favor a unas primas mías. Sólo hay una condición.

–         ¿Qué condición? – respondió un poco asustada la muchacha.

–         Una muy simple, que nos invites a mí y a mis primas a tu boda.

–         ¡Sólo eso! – dijo la muchacha con admiración, ya que sabía que algunas Hadas pedían cosas casi imposibles de realizar como encontrar un diamante del tamaño de un puño, los tres pelos del diablo, o la promesa de entregar el primogénito a las Hadas para que éstas se lo llevaran a su mundo a que alegrara con su infancia el reino de las Hadas.

–         Si, ahijada mía, sólo eso, una simple invitación.

–         Dalo por hecho. Estaré orgullosa de sentar en mi banquete de bodas a ti y a tus primas.

–         Espero que así sea. Ahora vuelvo. 

Unos minutos más tarde el Hada Madrina volvió con unos guantes tan finos y preciosos, que cualquier reina habría enmudecido de ilusión ante ellos. Y no sólo trajo los guantes, sino también la estola maravillosa y el tocado de reina que iban a juego. 

La muchacha no sabía cómo agradecer aquellas prendas maravillosas, y se deshacía en promesas hacia su Hada Madrina, que sólo le recordó, al partir, que no quería más promesas ni más pagos que la invitación a la boda. 

–         Tú y tus primas me acompañarán en la misma mesa del banquete – Prometió la que ya se veía como la nueva princesa. 

El príncipe enmudeció al ver los guantes, la estola y el tocado, y se volvió loco de alegría al poder volver vera a su amada. 

Sin perder un minuto se los llevó a la reina, que también enmudeció de sorpresa ante tanta belleza. 

–         Lo ves, madre, mi prometida no sólo no es una perezosa como te habían dicho las malas lenguas, sino que es la mejor costurera que haya pisado este reino.

–         Si hijo mío – dijo la reina en cuanto pudo recobrar el habla – y para celebrarlo esta misma noche anunciaré vuestra boda. Esa muchacha merece ser nuestra heredera.

Los preparativos de la boda fueron tan agotadores como fastuosos, y la alegría reinante en la comarca era tal, que nadie volvió a acordarse de los guantes ni de la costura, y, mucho menos del Hada Madrina y sus primas las costureras. 

La muchacha no tenía ojos más que para su príncipe y la corona de princesa que ostentaría dentro de poco. Y el príncipe no tenía ojos más que para la princesa, que a medida que se iba acercando el día de la boda se iba convirtiendo en una mujer mucho más bella. 

Así llegó el día de la boda, y con ella los invitados de todas partes del mundo. Príncipes y reyes, condesas y marquesas, monarcas de todas partes llegaban derrochado poder, riqueza y belleza.

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