LA PIQUIÑA DEL PAJONAL

Es un cuento con muchos matices de novela corta que gira en derredor de un asesinato.
La historia se desenvuelve en un espacio macondiano que siempre ha existido mucho antes que nuestro Gabo.
Sitionuevo es ese espacio idealizado con ese nombre mágico del que conservo su memoria real.

LA PIQUIÑA DEL PAJONAL

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CUENTO DE: LUIS RAFAEL TORRES VILORIA

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In Memorian: A mi tía Felicia Valera, quien murió

Tan solitaria como vivió.

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Eran otros tiempos. El fuerte olor a cagajón de burro que emanaba de las calles y las casas de Sitionuevo era tan persistente, a tal punto, que ya dejaba de ser un olor para convertirse en una característica impregnada en la memoria cotidiana de sus habitantes, que a fuerza de convivir con él ya nadie lo notaba y, solo extrañaban cuando salían de compras a la ciudad de Barrancas de San Nicolás cada quincena.

Hasta entonces el pueblo se repetía en un aburrimiento de monasterio que solo se rompía con algunas festividades matizadas por la inventiva popular, por cuanto allí nunca pasaba nada; el tiempo transcurría circularmente y, el asombro por eventos inusuales como el horrendo asesinato cometido en la esquina de la casa de Don Gerardo Retamozo, consiguió estremecer a la gente hasta hacerle replantear el rumbo a la sórdida muchedumbre sumidas en el ocio retroalimentado por la mala crianza.

Aquellos recuerdos como la llegada de la primera planta eléctrica que logró sacar al pueblo de las tinieblas ancestrales y, que puso a Don Blas Nieto, técnico contratado por la compañía G.M. , en serios aprietos para salir ileso en medio del tropelìn que se apretujaba sobre el puerto de embarques y, que desde muy temprano se apostaron allí para recibirlo, y rompiendo el protocolo de la comitiva, lo levantaron en hombros, que semejaba al santo patrono San José en procesión, acompañado de voladores y cañonazos en la plaza y, de una papayera cuyos acordes eran ahogados por el bullicio influenciado por los petacazos del ron caña . Todo ese maremágnum sorprendió al negro Plinio Escandón, celador del puerto, quien desde su atalaya inexpugnable, disparó un grito ensordecedor que silenció por un momento al tumulto con la fuerza de un petardo: ¡ CORRONCHOS !

La novedad del fluido eléctrico trajo como consecuencias, la proliferación de los Pick-Ups y los Traganíqueles en la población, introduciendo la subcultura del ruido y el escándalo con todo tipo de música, especialmente las rancheras de los ídolos preferidos Tony Aguilar y José Alfredo Jiménez , que exacerbaban de paso un machismo desaforado que encendidos por el alcohol, desencadenaba unas peloteras los fines de semanas que acababan con los cercados de guarumos de la vecindad, utilizados como armas contundentes, ocasionados por discusiones propias de las borracheras .

El día del siniestro amenazaba lluvia desde sus primeras horas. Para los moradores, la mañana y la tarde les fue indiferente y, solo el fatal desenlace que costó la vida a Sebastián Valera por su contendor de juego, Plutarco Gamero, sacudió a la gente del letargo del brumoso día, y, ése acontecimiento marcó época por haber sido el primer caso de un crimen en la historia judicial del municipio.

Todo parecía indicar que aquel juego de naipes sobre el sardinel de la casa del difunto Gerardo Retamozo, iba a ser uno más de los acostumbrados. Sebastián El Gallo, como se le conocía popularmente, llegó del monte en su burrito más temprano que nunca, almorzó y, luego se dispuso hacer la siesta recostándose en su taburete sobre uno de los horcones de la cocina, cuando intempestivamente vino su potencial homicida, el Mono Gamero, a convidarle a jugar una partida de naipes. El Gallo aceptó la invitación sin pensarlo dos veces, quien se apresuró en calzarse las abarcas y abotonarse la camisa, tomando un poco de café en su totuma que luego enjuagó y volteó sobre la troja de bahareque bajo el palo de trupillo del patio. Posteriormente se marchó después de todo aquel rodeo que el instinto maternal de Doña Violeta Vda. de Valera interpretó como el recogimiento de sus pasos, en un pálpito premonitorio e insondable que tomó cuerpo en los hechos sucesivos.

Una vez pactadas las reglas del juego de la partida, cada cual se ubicó en su sitio sobre el pretil que de antemano sacudían del polvo, y, una vez concluido el ritual de iniciación se procedió a barajar y al posterior reparto, que en manos de Sebastián El Gallo se convertían en mágicas combinaciones malabáricas que abanicaban la brisa y ponían boquiabiertos a los presentes, quienes no entendían de cómo carajos dos manos eran capaces de juntar en un solo haz toda una madeja enmarañada de cartas que saltaban por los aires y, que después recogía con una facilidad de acordeonero. Tal habilidad le ocasionó al Gallo algunos problemas de credibilidad, porque la suspicacia que despertaba su destreza era objetada como trampas que él se empecinaba en desvirtuar, mostrando una a una cada carta, hasta el extremo de pedir a sus contendores, le vendaran sus ojos al momento de barajar para despejar las dudas.

El juego arrancó dentro de una competencia que incluía la apuesta de dos botellas de Ron, que debía pagar quien perdiera el mayor número de juegos entre los dos competidores, más dos pesos extras y, ante la presencia de cuatro amigos comunes quienes participaban del consumo etílico.

Los negros nubarrones daban un tinte lúgubre al ambiente y, el estropicio del ganado que traspasaba la calle central de punta a punta, matizados con las líricas tonadas de los vaqueros, gritos cantarines que envolvían los espíritus en un escalofrío al paso de la recua que atropellaba todo, dejando tras suyo una espesa nube de polvo y un rastrojo de orín y estiércol.

Lejos estaba el mono Gamero, que de víctima de unas situaciones que le irían transformando el alma desde unos movimientos recreativos, conservadores, hasta otros que devenían destructivos y violentos, metidos en una dialéctica subterránea que arrojó algunas luces cuando doña Violeta fue a avisar al Gallo, por pura corazonada, que el burro estaba acabando a patadas la cerca de la comadre Zulma y que fuera a amarrarlo. Pero El Gallo, muerto de la risa, encontró aquello muy inocente y, conjuró los temores de su madre diciéndole que eso eran resabios de burro viejo y, que le echara agua para calmarle la piquiña del pajonal. Sin embargo, no confiada con el argumento de su hijo, dio media vuelta, no sin antes lanzarle unas palabras de indignada resignación: ¡Ese bendito juego va a acabar contigo ¡. Efectivamente, de nada valieron sus buenas intenciones de disuasión y, no conforme con la situación, buscó ayuda en el rústico santoral que tenía en el cuarto del olvido de su casona y, en una actitud genuflexiva, con un mazo de velas encendidas y balbuceando unos rezos ininteligibles.

Frente a aquellos ímpetus irreverentes de nada valieron los propósitos humanos ni divinos de la pobre viejecita para evitar unos designios que escapaban a su control y, que le dejaban en una inmensa soledad. Estas cosas iban socavando las raíces mismas de una tradición sana que yacían hundidas en el folclor religioso, contaminado por el sahumerio de la ignorancia que embutía a la gente en el hueco de un paganismo desmadrado. Estas festividades eran aprovechadas por el cura de la parroquia La Candelaria, Félix Mantilla, para inventarse unas rifas para captar fondos con el fin de embellecer el templo y, terminar la interminable escuela-hogar del niño pobre. Estas prácticas le valieron al cura, el remoquete de El Cura Rifita, y quien llevaría como una cruz de cenizas por el resto de sus días, como quiera que sería trasladado por razones de seguridad, puesto que se difundió entre la feligresía el rumor de que sería literalmente garroteado y tirado al río; rumor que nunca se materializó, pero que le valió a los lugareños el apodo de Matacuras para siempre, y, todo por haber pretendido cambiar a la patrona virgen de La Candelaria, que era una negrita con una corona de oro puro con incrustaciones de diamantes y, de cuyo brazo, colgaba una canastica con cinco pececitos también de oro, por otra virgen rubia cachaca, echa en Medellín y, sin sus prendas originales.

La mayoría de la población no comprendía la intención escondida en el trueque con su nueva apariencia material, en donde, sospechosamente, el pueblo veía en este asunto, gatos encerrados que desgarraban su fervor sentimental; y en el ambiente enrarecido por el cambio de la virgen saltaba la duda, ya que para ellos era como quitarle su identidad a la Negrita, como cariñosamente la llamaban. De todos modos al reverendo Félix lo relevarían del cargo, más por bruto que por insensato, porque sin necesidad de reemplazarla, habría podido suplantar sus prendas mediante un trabajo de fina orfebrería en Mompox, si el fondo del cambio era un fraude.

Entre tanto las incidencias del juego seguían su curso. Solo faltaba la última tanda de tragos, y el mono Gamero no sabría cómo pagar la apuesta ya que el dinero no le alcanzaba, y peor aún, tenía el alma revuelta, producto de las derrotas sucesivas y, ya no le quedaban recursos de recuperación, cosa que los amigos aprovechaban para hacerle bromas pesadas, al tiempo que elogiaban al Gallo, ganador inobjetable, de no ser por un desafortunado movimiento en que se pegaron dos cartas de manera involuntaria, e interpretado por su contendor como una trampa y, por tanto se retiraba sin pagar un carajo. Acto seguido se reincorporó furioso y, tambaleante buscó en dirección a su casa, la cual quedaba justo al frente, y llegando a la puerta la abrió de un puntapié. Una vez dentro, atravesó una tranca para rumiar su derrota en la soledad de su casa, como quiera que sus familiares estaban fuera, al otro lado del rio, en Barrancas de San Nicolás pasando los días de la semana santa.

Estuvo encerrado pocos instantes cuando súbitamente la puerta fue derribada de un empellón por el Gallo Valera, que con insultos de grueso calibre le gritaba: ¡ Sal, gallina, me pagas o te mato ¡, Pero qué lejos estaba el Gallo de pensar que el muerto sería él, porque una vez dentro de la sala quedó paralizado frente a una carabina punto dieciséis que le apuntaba desde el otro lado de la sala. El Gallo solo alcanzó a correr unos metros cuando un proyectil le atravesó la espalda, cuyo orificio de salida a la altura del ombligo, le dejó una inmensa brecha por donde escapó su último aliento de vida, tirado sobre una mezcla de lodo y sangre después de unos desesperados revolcones producidos por el dolor agónico. La detonación del tiro se oyó en todo el pueblo, el cual hizo recordar el último cañonazo en la plaza anunciando la salida de la procesión.

La natural reacción de huída del mono Gamero no se hizo esperar, y, a tres cuadras del lugar de los hechos, por la calle central, surgieron los tres hermanos del muerto, como convocados por un fatal presentimiento, armados con machetes y garrotes tras el homicida, que desesperado, saltaba los cercados de las casas con una verraquera olímpica, trazando unas diagonales perfectas de patio a patio, abreviando distancias con tan asombrosa rapidez, logrando despistar a sus persecutores.

La noticia se regó como pólvora en todo Sitionuevo, creando una confusión tal, que el alboroto de la gente y el ladrido de los perros se convirtieron en un espectáculo bochornoso que hizo perder a sus habitantes toda noción de recogimiento propio de la semana mayor. Los dos únicos policías del municipio debieron pasar por la sorpresa de su vida cuando intempestivamente se cruzaron con los hermanos Valera, quienes energúmenos, chocaron con los agentes sin mediar palabras, y luego continuaron con su alocada carrera como si nada. Los dos policías no alcanzaron a sopesar la razón de tamaña irreverencia, no quedándoles otro remedio que sumarse a la maratón, guiados por el sentido común que seguramente les llevaría al final de una gran sorpresa, a juzgar por aquellos semblantes.

El recorrido del fugitivo hizo su última escala en la casa de don José de los Santos Piñeres, y gracias a su hija Martina, quien haciendo uso de una gran intuición, vio el visaje del mono Gamero que traspaso el corredor como alma que se lleva el diablo, y fue a ocultarse a una de las alcobas dentro de un escaparate que estaba vacío por cuanto iba a trastearse al día siguiente a Barrancas de san Nicolás. Mejor ocasión para una fuga ideal no se le presentaría a nadie nunca jamás, máxime, cuando a los Gamero y Piñeres los unía una amistad ancestral que, en este caso, fue sometida a una prueba de juego, y, sellado el secreto en una discretísima reunión con todos los miembros de la familia después de haber averiguado todo lo relacionado con el acontecimiento.

Don José, cuidó de coordinar todas las acciones del encubrimiento, advirtiendo de cualquier movimiento delatador o sospechoso, y, prohibió a todos, hablar más del asunto, porque la lengua a veces se alarga y dice cosas comprometedoras. Todos esa noche durmieron con los ojos abiertos. Afuera la bulla no cesaba; a la cacería del asesino, se sumaron a los hermanos Valera, los tíos, los sobrinos y toda la parentela de la comarca, quienes se dividieron por grupos de a tres para husmear todos los rincones, incluyendo los caminos de monte por donde pudo haberse escapado el fugitivo.

Al día siguiente en casa de los Piñeres, la mudanza se efectuó con el rigor de una ceremonia religiosa desde muy tempranas horas. Todo estaba fríamente calculado, con excepción de Martina, quien traicionada por los nervios quebró un par de floreros, motivo por el cual fue relegada del ajetreo y tranquilizada con una toma fuerte de toronjil.

Mientras tanto doña Violeta estaba inconsolable en su profundo dolor de madre y, su voz quebrada por el desaliento, no cesaba de proferir frases cargada con una conciencia de culpa que le atormentaría por el resto de su penosa existencia. Desplomada frente al ataúd de su hijo y controlada por su nuera viuda, sus dos nietecitas y un bebedizo fuerte de valeriana, no dejaba en ningún momento de lamentarse por la desdicha de una pérdida irreparable. Aún no repuesta del golpe mortal ocasionado por la reciente desaparición de su marido cuando una tarde de septiembre cayó accidentalmente del techo de la lancha a las aguas picadas del rio magdalena mientras dormía una borrachera de tres días. Desde entonces doña Violeta clausuró su cuerpo con el negro absoluto de una soledad inmensa que prolongaría por siempre con el alimento de unas ausencias resignadas y sin solución. ¡ Murió en pecado igual que su padre ¡ -Sollozaba-. Pero lo que más pesaba en el ambiente era una especie de maldición, porque el homicidio con toda su gravedad coincidía con la celebración de los días santos, cosa que constituía una herejía en materia grave contra el espíritu de la iglesia, que alcanzaría el perdón por los conductos normales consagratorios. Este caso fue enfatizado por el cura Fèlix Mantilla durante el sermón de las siete palabras, y que nadie escaparía al anatema hasta que no se viera un arrepentimiento sincero y, el cumplimiento de unas mandas, especie de penitencias, que nadie estaba dispuesto a cumplir.

Los allegados del mono Gamero no lograban entender de cómo, un muchacho tan sano, hubiera podido ser el autor de semejante crimen, cuando nunca había sido capaz de matar una mosca. Pero lo que realmente no podrían entender, especialmente su compadre de toda la vida, don José de los Santos; era la relación que podría existir entre la profesión de matarife con la afición de matar Picingos y Barraquetes de su compadre Justino Gamero, padre del mono. Toda esa práctica en conexión con la inclinación genética que se procesa más allá de los intereses inmediatos convertidos en actividades cotidianas, como presenciar los degüellos del ganado y, ver correr la sangre a borbotones, como también el hecho de ufanarse con regocijo triunfalista frente a los indefensos palmípedos con una tacada de balines en sus entrañas. Este último cuadro era de un tinte indeleble que el mono Gamero recordaría con horror en su asfixiante reducto del escaparate, porque justamente todo aquello fue abonando en su alma el sedimento propicio donde creció la hierba de la insensibilidad.

Tales cavilaciones no tendrían asidero en las playas sedientas de venganza de los hermanos Valera, quienes no comprendían de cómo carajos se les pudo escapar un vergajo que tenían a tiro de escopeta, como por arte de magia, de sus propias narices. Ni siquiera se preocuparon en denunciar el crimen ante las autoridades competentes, por cuanto consideraban que era una deuda que debía cobrarse con sangre. Pero estaban lejos de saber que su codiciada presa se abriría paso en la marcha triunfal de un trasteo intrascendente a los ojos de todo el mundo y, en medio de la desolación cómplice de una mañana que lucía espléndida, muy a pesar de su condición doblemente luctuosa, por ser un viernes santo.

El párroco Félix se vio en serios apuros para dar cumplimiento al compromiso de enterrar a los muertos, como quiera que su agenda estaba predispuesta a la procesión del santo sepulcro, y, movido más por un resentimiento, en ningún momento iba a confundir su sagrado deber, para atender otro, que devenía secundario y enmarcado en una condenable profanación. Además, había que dejar que los muertos enterrasen a sus muertos, y, llevó su discurso a tal extremo, como que si bien, Cristo, como el Gallo Valera fueron víctimas de sendos crímenes, pero que entre los dos existía una gran diferencia, porque con nuestro señor Jesucristo, su muerte fue para la salvación eterna de la humanidad creyente y, la del Gallo, para condenación del pueblo. De no ser por la mediación de las damas rosadas de la caridad, quienes convocaron una reunión urgente con el señor cura con el propósito de persuadirlo a que diera cristiana sepultura al señor Valera a la hora señalada, pues, de lo contrario se armaría una revuelta con consecuencias impredecibles para el orden público.

Al otro lado del rio en Barrancas de san Nicolás, don Justino y doña Celia de Gamero, padres del mono, padecían su propio viacrucis, porque desde el mismo instante de los hechos, el viento aciago del insuceso se les reveló en un sueño mientras dormían la siesta de los dulces en una hamaca grande que colgaba bajo los palos de guayabas del patio. Sueño del que jamás despertarían porque esa misma tarde fue confirmado en toda su crudeza por su compadre José de los Santos, portador de la infausta noticia, además, de cómo tuvo que ver el incendio de su casa,  cruzado de brazos para no correr el riesgo de alguna sospecha por proteger a mi ahijado. ¡ Yo creo lo me está diciendo, compadre, lo vimos absolutamente todo en el sueño ¡ Replicó don Justino, mordiéndose los labios.

Su compadre José de los Santos quedó perplejo ante semejante confesión, en tanto que su comadre Celia entre sollozos lamentaba con profundo guayabo de perder para siempre a su amada tierra, la que debía abandonar oprobiosamente, ya que sus mejores recuerdos eran, ahora, empañados por las manos manchadas de sangre de su entrañable hijo. Pero además, volver, implicaría una afrenta por cuanto el fantasma de la venganza rondaría sobre su familia. Todos esos temores razonables la empujaban al fuego lento de unas nostalgias fraguadas en las pesadillas recurrentes en su forzosa residencia de Barrancas de san Nicolás.

La ceremonia fúnebre se llevó a cabo en medio de los ayes lastimeros de sus deudos y, en la misma romería del santo sepulcro, siguiendo el itinerario obligado por el cementerio para enterrar a el Gallo Valera. Esta ocasión sirvió al cura Félix para matar dos pájaros con una misma piedra, exponiendo locuazmente en las palabras del responso un patético sermón sobre el bien y el mal, y que aquella circunstancia era la prueba fehaciente de los designios divinos para escarmiento de los incrédulos que toman las cosas sin la gravedad de los pecados cometidos con la misma desfachatez con que armaban las parrandas sobre el pretil de la iglesia. Estas cosas rebasaban la paciencia del párroco, y, lo convertían en un hombre solitario por cuanto no veía en los rostros, el menor asomo de arrepentimiento que justificara, en parte, su labor pastoral, católica, apostólica, romana; en el propósito obligado de preservar la moral pública y las buenas costumbres, como su afán de mostrar resultados, tan pragmáticos, como los provocados por las recientes elecciones para la alcaldía. Estas situaciones le iban llevando poco a poco a los límites de unas frustraciones que al final lo arrinconaría contra el muro de las lamentaciones de la indiferencia popular.

Desde entonces los días transcurrían incoherentes, a tal extremo, que la gente estuvo a punto de perder el sentido de la realidad. El lastre de la complicidad se traslucía en los comentarios ubicuos de las esquinas, en donde cada quien veía en los demás a un posible encubridor del homicida, pero que nadie se atrevía a hacer señalamientos, temiendo padecer los efectos de una venganza equivocada.

Las múltiples versiones de cómo el fugitivo pudo escapar, eran inverosímiles, en las que cada quien daba rienda suelta a su imaginación. Algunas de ellas coincidían en que se lo había tragado la tierra; otras, en que se volvió un golero que voló y voló hasta perderse en el limbo, y los más radicales aseguraban a riesgo de juramentos, que se lo había llevado el diablo a los profundos infiernos. Pero la más insólita de todas fue la haberse convertido en el judío errante que le escupió la cara a Cristo, y lo condenaba a una trashumancia eterna e invisible. De esta última versión no faltaron los rumores de muchos que se quejaban de no poder dormir por las noches debido al ruido estridente de las cadenas, arrastradas por el errante sobre los sardineles de las casas ajenas. Pero algunos que no tragaban entero, como el celador del puerto de embarque, Plinio Escandón, quien haciendo uso de su sentido común, precisó:

¡El que debe estar penando es el muerto y no el vivo, que sabrá Dios en donde carajos estará zampao!

Aquella aclaración incisiva metió a la gente, hasta estremecerlos, en una realidad de la que estaban enajenados como por un encantamiento colectivo; durante muchos días no se hablaba de nada diferente; ¡Que pobrecito, que el diablo le jaló el gatillo, que ya le convenía…etc.! Y en las nueve noches del velorio, entre chistes, chismes y especies de mal agüero, la suerte del mono Gamero se cocinaba en la olla de las especulaciones intrascendentes e inconducentes, que para tranquilidad de los curiosos insatisfechos, hubo de inventarse un expediente con sus respectivas condenas y absoluciones, en las que solo el tiempo oficiaría como juez único e infalible, capaz de mandar al culpable tras las rejas de su propia conciencia.

F I N.

 

Luis Rafael Torres Viloria
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