UN CUENTO DE HADAS. PRIMERA PARTE.

¿Por qué buscar otra vida fuera de nuestro planeta, sin en esta hay mucha que no vemos?.

Hace años, muchos años, tantos que la memoria de los hombres no alcanza a recordarlo, convivían en este mismo planeta cientos de seres inteligentes de diversas esencias y procedencias, con las más variadas características físicas y las más curiosas naturalezas. 

Los seres humanos no eran entonces, los reyes de la creación, simplemente eran un grupo más bajo el sol, y no precisamente los más dotados. 

Por aquel entonces hadas de todos los tamaños surcaban los mares y los cielos, los bosques y las selvas, los valles y las montañas. Nadie habitaba en los desiertos porque entonces no existían las tierras yermas ni las arenas se amontonaban más allá de las playas de los mares. Todo era verde y lujurioso, abundante y fresco; el mundo aún no se había corrompido. 

La música estaba presente en todas partes, porque la armonía reinante era tal, que la música brotaba de las fuentes y las flores, sin necesidad de que instrumento alguno tuviera que tocarla. 

En aquellos tiempos las montañas tenían conciencia y personalidad y los árboles tenían movimiento y voz. 

Incluso algunos animales eran inteligentes y se comunicaban con los demás en el lenguaje universal. 

Así se vivió durante miles de años, hasta que un buen día comenzó la división espacio temporal de las conciencias, y poco a poco los seres fantásticos empezaron a partir hacia distintas dimensiones, mientras que los hombres y los animales menos inteligentes se quedaban en lo que ahora conocemos como la parte real y material del planeta Tierra. 

Los elfos y las hadas, los gnomos y los trol, los duendes y los magos empezaron a desfilar hacia sitios tan remotos y desconocidos, como cercanos y habituales. Los hombres también tuvieron su oportunidad, y muchos de ellos, como los atlantes, los semielfos y las semihadas, se marcharon con las primeras oleadas de evacuación, pero la mayoría se quedó a pesar de las amenazas y los males que todos los oráculos vaticinaban. 

La tierra se enfrió terriblemente, y lo que fueron extensas selvas y hermosos mares se convirtieron en zonas heladas y montañas eriales, sin conciencia ni vida propia. Muchos arboles parlantes, echaron raíces muy profundas para sobrevivir a los cataclismos ante su imposibilidad de abandonar a tiempo este planeta junto con sus hermanos, y se convirtieron en árboles fijos y mudos, apesadumbrados por su mala suerte, llegando incluso a petrificarse. Los volcanes rasgaron la faz de los valles, y donde antes había vergeles, aparecieron desiertos calcinantes. 

Hubo guerras de dioses y semidioses en los cielos, y una gran desesperación entre aquellos que se quedaban condenados a permanecer bajo tierra o bajo agua, condenados a las profundidades por no haber huido cuando aún era tiempo. 

¿Por qué se quedaron tantos grupos de hombres en aquella Tierra que empezaba a perder su música y armonía? 

¿Por qué no huyeron a lomos de los dragones o en las naves veladas de los elfos? 

Por pura y simple ambición, porque hasta los monos parlantes que no eran demasiado espirituales ni inteligentes, se apresuraron a abandonar esta dimensión cuando se dieron las primeras voces de alarma.

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