DE LA LITURGIA COMO ODRE

(LITURGIA. (Gr. Leitourgía, servicio público.) f. Orden y forma aprobados por la Iglesia para celebrar los oficios divinos. Estudio de los ritos.)

Hace semanas, mientras charlábamos con una enriquecedora hermana acerca de la incipiente congregación de la que ambos formamos parte, ella me citó un libro cuya idea central es buscar, preparar, disponer odres nuevos para el vino nuevo. Una de las inquietudes que derivan de ese principio espiritual es que si quisiéramos contener el vino nuevo de Dios en los odres viejos, éstos se romperían y aquel se desperdiciaría. Al pensar en ello, reflexioné en que necesitamos identificar cuáles son nuestros odres, de qué clase y de cuál vigencia es cada uno de ellos, y revisarlos con detenimiento.

Desde que la hermana me compartió aquella figura bíblica, y aún sin haber leído el libro, medito en nuestra liturgia. Es decir, el modo en el que realizamos nuestras reuniones. Estoy seguro de que la liturgia es uno de los odres en los que el vino de Dios puede ser cuidado y aprovechado, o desperdiciado.

Me asombra que desde hace tantos años hagamos algunas cosas de la misma exacta manera, sin preguntarnos si nos corresponde o no cambiarlas. Hablo de la secuencia de las reuniones, del desarrollo de nuestros oficios congregacionales, de cómo mucho del culto es absolutamente previsible. Siento que fuimos domesticados por la liturgia. Aún más, que la repetición nos amaestró y nos adormeció algunos intentos de buscar algo mejor, más profundo y espontáneo, más fruto de la novedad de vida. Deberíamos desconfiar de cualquiera forma de reunión que, en lugar de acercarnos a Dios y movilizarnos, nos anestesie o nos sofoque, y discernir si dependemos más de él o de la estructura.

Creo que nos congregamos para encontrarnos con los hermanos, y con personas nuevas, para bendecir a Dios y compartir koinonía. Sin embargo, en general, llegamos sobre la hora y nos retiramos apenas minutos después de la última oración. La mayor parte de ese rato, sentados o parados, miramos la nuca y la espalda de nuestros hermanos; casi nada nos miramos a los ojos. Y se sabe que uno puede maquillarse el corazón con palabras pero no hay mirada que mienta. Si queremos saber cómo estamos, si queremos conocer la alegría o la tristeza de nuestros hermanos es casi imprescindible mirarnos a los ojos, cara a cara. No me imagino que cuando, en Efesios 4.25, la Biblia dice: "Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros", eso sea de espaldas o de nuca. Sin duda, creo que eso es a los ojos. Entonces, me pregunto por qué, en lugar de sentarnos unos detrás de otros, no nos sentamos en ronda, en círculo con varias vueltas de sillas o bancos, o en semicírculo, o como sea, pero que nos permita mirarnos a la cara. Creo que cuando Jesús predicaba en los lugares abiertos las personas estaban ubicadas con espontaneidad y no en distribuciones rígidas, preestablecidas, o impuestas.

Desde hace tiempo me pregunto por qué no dudamos de nuestra liturgia, que, en numerosas ocasiones, es un acto de repeticiones. No estoy diciendo que haya falsedad en lo que hacemos; lo que digo es que estoy seguro de que ese odre debe ser revisado cuanto antes, pues corremos el riesgo de desperdiciar el vino nuevo que Dios trae.

Hermanos "rasos" contando sus testimonios de la semana, un momento central de lectura de la Biblia, la participación de los niños diciendo lo que Dios les da a ellos, el silencio como otro modo de adoración, las artes como otra forma de ministrar los dones que los hermanos tienen. Los dones son los mismos, distintas las formas de ministrarlos. Estoy seguro de que Dios trabaja con maneras más creativas, modos inéditos de ministrar los dones de sus hijos. Creer que todo pasa por la palabra hablada es desatender la llegada de nuevos odres para el nuevo vino.

Hay danzas, teatro, pantomima, videos, gráficos, canciones, música instrumental, lecturas especiales, hay tanto por usar, tanta humildad por redescubrir. Multiforme gracia de Dios. Quedarse incrustados en los odres clásicos estorba el señorío de Dios con su sorprendente gracia y genera el desaprovechamiento de tantos hermanos que fueron investidos por Él de formas nuevas para ministrar los carismas.

"Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad." - Segunda Corintios 3.17

El Cuerpo de Cristo debe ser un ámbito cómodo, propicio, libre para que cada hijo de Dios ministre los dones que haya recibido más allá de las expresiones clásicas, contemporáneas, previsibles o exóticas.

Odres nuevos para el vino nuevo. Multiplicación de bendiciones. Más hermanos involucrados en el servicio, más recursos para predicar en las calles, más gozo, más sinceridad, menos repetición, menos burgueses y fariseos, más viudas ofrendándolo todo, más Mefi Bosets sentados a la mesa del rey.

El que no hizo siquiera dos personas con las mismas huellas dactilares, el que creó infinitos tonos de verde y formas de hojas, el que se goza en la profusión de culturas y paisajes, el que está atento hasta cuando se cae un cabello de nuestras cabezas, ¿no espera acaso que le alabemos con innovación y frescura, como el despliegue de colores en su arco iris? Dios creó la música, no sólo un género. Dios creó los lenguajes, no sólo un idioma. Dios creó la libertad, no nuestra interpretación de la misma. Dios creó la unidad en la diversidad, no sólo una forma de liturgia.

Si de verdad aprendimos de los errores y los dolores pasados, es hora de trabajar para que el vino nuevo de Dios sea aprovechado en odres mejores que aquellos que secaron personas, trajeron raíces de amargura y desnutrición espiritual, e hicieron que muchos sacerdotes sin saco ni corbata deambulen hoy heridos y olvidados.

Odres nuevos para el vino nuevo de Dios, una tarea nuestra, una indagación individual y colectiva, una invitación en el Espíritu Santo de vivir la Iglesia a la altura de la demanda de los tiempos que corren.

Artículo escrito por SERGIO CONTEMORI

sergiocontemori@steel.com.ar

Ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe, República Argentina