JUAN Y NOSOTROS

Sucedió como está escrito en el profeta Isaías: «Yo estoy por enviar a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino.» «Voz de uno que grita en el desierto: "Preparen el camino del Señor, háganle sendas derechas."» Así se presentó Juan, bautizando en el desierto y predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados. Toda la gente de la región de Judea y de la ciudad de Jerusalén acudía a él. Cuando confesaban sus pecados, él los bautizaba en el río Jordán. La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello. Llevaba puesto un cinturón de cuero, y comía langostas y miel silvestre. Predicaba de esta manera: «Después de mí viene uno más poderoso que yo; ni siquiera merezco agacharme para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»
Marcos 1. 2 al 8 - N.V.I.
 

Voz de uno que clama en el desierto. Uno.

Es un hombre que no precisa opulencia, ni pompa, ni tarjetas de crédito para cumplir su misión. Va vestido con pelo de camello y frugal es su menú: langostas y miel silvestre. Hasta los pobres acceden a esa comida, ni hablar de los ricos; es una dieta común a todos los bolsillos.
 

Está solo en la inmensidad. Grita con su voz porque asume el propósito. Su clamor sacude el pedregal. No pide una congregación perfecta, tampoco desaprovecha el tiempo analizando si el desierto es un lugar confortable, rehusa lo penoso de hablar sobre sí mismo con grandilocuencia, porque habla de otro. Juan se llena la boca hablando del que vendrá. Tampoco se queja ni exige que la noche sea fácil. Está ahí, clama y vive ahí, obedece en el sector asignado. Dios lo saca del anonimato, no él. Trayectos de su historia quedan contados en la Biblia, otros quedan al margen del registro.

¿Qué resultado dio la suma de todos los anocheceres que pasó solo, sin compañía ni diálogo ni cambios? ¿Cuánta crucial soledad juntaron sus amaneceres? ¿A quién abrazó cuando le hizo falta mojar de lágrimas el hombro de un afecto? ¿Qué hizo cuando sintió que no daba más? ¿Cómo resistió la agresión de la monotonía? ¿Cómo siguió creyendo y siendo fiel cuando le pareció que no pasaba nada, que daba todo igual?

Voz de uno que clama en el desierto. Uno.

Cambiaron los tiempos, pasó el mundo aquel, Juan pasó, y a nosotros nos toca vivir en esta superpoblada sociedad. Hay distritos abarrotados de personas, una saturación de seres humanos que hablan todos a la vez y discuten, fuman, presionan, seducen, huyen, comen, beben, rechazan, copulan, poguean, matan, corren, aceleran, sobreviven, olvidan, consumen, reclaman, niegan y tampoco resuelven el asunto de la compañía. La iglesia anda en un mundo así.

Y aunque tampoco garantice buena junta o la destitución de la soledad, porque los templos son a veces un amontonamiento de solos, la iglesia sigue siendo convocada a gritar en el desierto. Y si estando juntos entorpecemos el obedecimiento de la misión, qué hubiera sido de nosotros si nuestro espacio hubiera sido el mismo contexto de Juan, aquel filoso vacío, porque el desierto tiene más de un vacío. Es un lugar deshabitado de caricias pero atestado de inquietudes, tensiones, miedos, sobresaltos, peligros, temores, dudas, cuestionamientos, escepticismo, confrontación, aburrimiento y soledad. Mucha soledad se vende en las vidrieras y se sirve en los bares, mucha soledad queda en el cuerpo después de esas previsibles noches de sexo, droga y rock' n roll.

¿Por qué se nos hace tan cuesta arriba gritar lo que debemos, si somos hermanos y estamos en congregación? ¿Si Juan clamó en situación más y más difícil que la nuestra, por qué somos tan sospechosos de mal silencio?

Líderes inmersos en sí mismos; otros líderes empecinados en dejar que a la iniciativa siempre la tomen los demás; santos acomodaticios que responden Sí sólo a aquello que mantenga el standard; la inconsciencia y las excusas de otros santos, potentes, que no accionan; yo, y vos; nosotros también hacemos de la iglesia un desierto peligroso.

Quiero vivir en un lugar habitado por santos bíblicos. Quiero gritar en mi desierto y escuchar a mi hermano gritar en el suyo. Quiero que a ambos nos resulte menos arduo, justamente, porque estamos juntos, unidos, cerca, porque somos iglesia, congregación, ejército, cuerpo de Cristo. Quiero que Dios chasque sus dedos para romper el hechizo del individualismo y los organigramas cerrados y las decisiones tomadas por líderes que no escuchan al pueblo.

Quiero que la iglesia sea un vergel, un campo fértil donde cada uno encuentre su sol y su luna, su semilla y su productividad, su compañía y su canción, su esmerilado y su expansión, su primavera y la aceptación, su rol y el reconocimiento de su don. Quiero que mi congregación sea un recinto accesible y confortable para el que tiene cuenta en varios bancos y también para aquel que ni siquiera saber contar. Quiero que Dios en persona rompa el bla bla bla y nos enseñe a mirarnos a la cara en lugar de a las caretas. Quiero caras sin hilos, menúes grupales de langostas y miel silvestre, clamor en mi corazón y en cada corazón hermano. Quiero que me digas lo que quieras pero que, de acá en más, el buen cambio nos comience a suceder. Quiero que me invites a tu corazón así como yo ya mismo te invito al mío. 

Quiero una congregación solidaria, en la que cada uno, además de mirarse el ombligo, mire el de los demás. Estoy harto de los discursos de cruzadas que buscan militantes, adherentes, números en lugar de vidas, y nos asemejan tanto a los políticos. Quiero creerle al que dice pastorearme, no sólo porque lo parla, sino, vitalmente, porque se ocupa de mí. Quiero pastores que se ocupen de las ovejas, desde la número uno a la número noventa y nueve y yo, aunque se pierdan algún congreso o les quede olor a lana.

Voz de uno que clama en el desierto. Uno.

Quiero ser aliado de los solos que claman en sus desiertos. Quiero ser oyente de mi propio grito de obediencia a aquel que ayer, ahora, y siempre nos acompaña, nos salva y nos protege: Dios. Creo que Dios está de acuerdo. Creo que nos dará provisiones nuevas para desafíos nuevos, sin embargo, para que su iglesia sea un lugar más real, más suyo, más bíblico, más eficaz en la tierra, ya nos dio más que suficiente.

Emanuel es Dios con nosotros; lo demás es nuestra decisión.

Artículo escrito por SERGIO CONTEMORI
sergiocontemori@steel.com.ar
Ciudad de Rosario, Provincia de Santa Fe, República Argentina