Querido Anatole

El viejo Anatole France (1844-1924) fue un crítico implacable de las costumbres y de la sociedad de su tiempo. Combatía con tenacidad los desmanes de los que era testigo, como la farsa contra el capitán Alfred Dreyfus (1859-1935). De origen judío, el militar francés se convirtió en víctima de uno de los mayores errores judiciales de la historia moderna. El viejo Anatole France (1844-1924) fue un crítico implacable de las costumbres y de la sociedad de su tiempo. Combatía con tenacidad los desmanes de los que era testigo, como la farsa contra el capitán Alfred Dreyfus (1859-1935). De origen judío, el militar francés se convirtió en víctima de uno de los mayores errores judiciales de la historia moderna. Él fue acusado de manera pérfida, de pasar informaciones secretas a los germánicos, los que tenían caligrafía forzosamente semejante a la suya. Por este motivo, fue exilado en la Isla del Diablo, situada en la costa de la Guyana Francesa. Los debates respecto al caso continuaron hasta que el capitán fue declarado totalmente inocente en 1906. Inmediatamente después, retornó al ejército, participando en la Primera Guerra Mundial, que se inició em 1914 y se prolongó por quatro años. Fue promovido en 1918 a teniente coronel de la reserva y un año después, electo oficial de la Legión de Honor. Como Rui Barbosa (1849-1923), Émile Zola (1840-1902) fue igualmente un defensor radical de Dreyfus.

Conciencias dedicadas a la Paz

Indignado con la frialdad de sentimientos que percibía a su alrededor, que partían de corazones en los cuales debería habitar la concordia, Anatole escribió que “la paz universal se realizará un día, no porque los hombres se vuelvan mejores (no es posible esperarlo), sino porque un nuevo orden de cosas, una ciencia nueva, nuevas necesidades económicas han de imponerles el estado pacífico, así como otrora las propias condiciones de su existencia los conducían y los mantenían en estado de guerra”.

Mi querido Jacques-Anatole-François Thibault (su verdadero nombre), con su consistente formación humanista — apartados, por su conocida vena poética, los disgustos que le causaron las observaciones de una sociedad que gira alrededor de una exasperante egolatría —, su brillante espíritu inmortal habrá de entender que, para no transformarse en tormento perenne de los pueblos, el mundo necesita de conciencias dedicadas a la Paz. Consecuentemente, de almas iluminadas por la razón, por la justicia, pero también por el Amor, que es sinónimo de Caridad, de modo que exista un “nuevo orden de cosas, en una ciencia nueva”, para que “la paz universal” se realice “un día”. El análisis limitado de los hechos humanos, políticos y sociales por la restringida visión de espacio-tiempo terrenales tiende a mostrar, aun a las más sagaces elucubraciones, una perspectiva sociológica desenfocada, consecuentemente desalentadora de los hechos. Hay algo más aún, que comienza por la existencia de una Ley Universal, llamada de Causa y Efecto, que dirige los destinos de la Tierra. Por esto, se hace tan importante la comprensión de esos estatutos divinos, los cuales, respetando nuestro derecho al libre albedrío, conceden a cada uno de acuerdo con el propio merecimiento según la Ley de la Reencarnación — definida por un respetado sacerdote como “el Poder Judicial de Dios”. Sin la evolución del sentimiento humano, toda y cualquier propuesta de paz fomentará, con seguridad, el escepticismo de hombres inteligentes como usted.

No temer al lobo

William Ralph Inge (1860-1954) advertió que “no basta que los corderos proclamen el vegetarianismo mientras el lobo mantenga una opinión distinta”. No obstante, no podemos proseguir continuamente temiendo esa expectativa castradora de nuestras iniciativas, porque el tiempo urge. Aún existe mucha gente que quiere darle fuego al planeta, como un nuevo Nerón (37-68). Para avanzar, es necesario no temer al lobo, sino revestirse de las armas de la paciencia y de la determinación y fortalecer, en las horas de peligro, el alma, como por ejemplo, en esta súplica de San Agustín (354-430): “¡Oh Dios! Permite que el resplandor de Vuestra Luminosidad claree lo recóndito de mi corazón” (…). Orar concede tranquilidad y fuerza al espíritu. De esta forma, aclara la mente, de modo que conciba procesos pragmáticos para que supla toda dificultad. Anote, por favor, querido Anatole, esta lección de su compatriota Honoré de Balzac (1799-1850), autor de “La Comedia Humana”: “Todo poder es un compuesto de paciencia y tiempo”. La Paz solo se vigorizará en este Planeta cuando el Ser Humano finalmente entienda y acepte que ella solo podrá surgir del corazón sublimado de las criaturas. Lo restante es lo que se ha visto: ideologías fuertemente cerebrales, tan en boga en su tiempo, cuya consecuencia general usted conoce: mucha expectativa y resultado a desear. Y, por tanto, es urgente unir cerebro y corazón.

Agradecimiento

Aprovecho la oportunidad para agradecer, con satisfacción, a los lectores que me han honrado con sus comentarios e incentivo, tales como la profesional de radio y también columnista del periódico O Sul, Beatriz Fagundes; y además a: Dalva Costa de Jesus, Moisés Azevedo, Célia Maria, Vera Conceição Couto, Elói Fioravante Goulart, Thadeu Guimarães Carpes (de la UERGS – Universidad Estadual de Rio Grande do Sul), Ana Paula Alves Campos, Diego Linhares Tavares, Dielca Magali Silva, Nadia Tcharduck y Vera Carpes.

Paiva Netto
Presidente de la Legión de la Buena Voluntad
paivanetto@lbv.org.br
http://www.paivanetto.com/index.php/es

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