El estornudo de un ángel

Por enésima ocasión la plaza presentaba un lleno espectacular. El éxito de Esteban como matador de toros estaba en un momento glorioso y por si fuera poco, la vida le había concedido su segundo anhelo más preciado: una hija.

Desde niño supo que quería torear, su padre, jornalero de escasos recursos, apartaba religiosamente una pequeña cantidad de su paga y al cabo de un par de meses podía costearse los boletos para asistir con el pequeño Esteban a una corrida. Ahí nació su pasión por el ruedo.

Dos años después de haber confirmado su alternativa, Esteban contrajo nupcias con la guapa enfermera que lo atendió aquella tarde húmeda en la que recibió su primera cornada.

Ahora Nina tiene cuatro años, Lourdes ya no ejerce enfermería y espera a su segundo hijo. Pero no es eso lo que le roba el sueño a Esteban, sino el minucioso cuidado de "Granjero", un digno ejemplar taurino que ha estado formando para torearlo en su debut en tierras españolas.

Una tarde, el ambiente emanaba tanta humedad y el cielo se empeñaba en impedir que los rayos del sol tocaran tierra, que el estornudo de cualquier ángel ocasionaría una tormenta. Sin embargo Esteban se presentaría al mediodía siguiente en esa misma plaza madrileña y tenía que afinar detalles de sus "pasadas" con "Granjero", no quería el menor contratiempo en su gran presentación.

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De pronto, Nina que lo observaba desde el tendido como todas las tardes, le grita intempestivamente, mostrándole el teléfono mientras bajaba presurosa por la escalera.\n

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La llamada era muy esperada, su representante le confirmaría una serie de presentaciones por toda la Madre Patria, lo cual representaba un éxito profesional y por ende, económico.\n

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Emocionado, Esteban sale del ruedo, pasa por los toriles y corre a dar la noticia a Lourdes, que se encontraba en los vestidores de la plaza. Ella lo abraza y llora de felicidad. La emocionante charla se entiende por más\n de veinte minutos. Por fin comprarían la hacienda taurina que tanto habían deseado y asegurarían en futuro de Nina y del hijo en camino.

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Al mencionar a Nina, un sentimiento de preocupación los invade. Se preguntan uno al otro por ella. Salen a su búsqueda. Súbitamente en el pecho de Esteba un mal presentimiento. Desesperado corre hacia el callejón de los toros, ahí "Granjero". El alma le vuelve al cuerpo, pero inmediatamente se percata de que una puerta se encontraba entreabierta, la única que daba de la tribuna al ruedo.\n

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No necesitó más de dos segundos para llegar al redondel. A lo lejos, su capote en el suelo, camino a éste, la boina que regaló a Nina el día que cortó dos orejas y rabo en la "Monumental". El corazón late tan aprisa como cuando se dispone a matar. Tierra removida, tropieza, se levanta y sigue su carrera hacia la tela rosada que envuelve a su pequeña.\n

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Nina lo observa, tose con dificultad y le sonríe ligeramente. No correrá la misma suerte de su padre: no conocerá al amor de su vida el día de su primera cornada.\n
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De pronto, Nina que lo observaba desde el tendido como todas las tardes, le grita intempestivamente, mostrándole el teléfono mientras bajaba presurosa por la escalera.

La llamada era muy esperada, su representante le confirmaría una serie de presentaciones por toda la Madre Patria, lo cual representaba un éxito profesional y por ende, económico.

Emocionado, Esteban sale del ruedo, pasa por los toriles y corre a dar la noticia a Lourdes, que se encontraba en los vestidores de la plaza. Ella lo abraza y llora de felicidad. La emocionante charla se entiende por más de veinte minutos. Por fin comprarían la hacienda taurina que tanto habían deseado y asegurarían en futuro de Nina y del hijo en camino.

Al mencionar a Nina, un sentimiento de preocupación los invade. Se preguntan uno al otro por ella. Salen a su búsqueda. Súbitamente en el pecho de Esteba un mal presentimiento. Desesperado corre hacia el callejón de los toros, ahí "Granjero". El alma le vuelve al cuerpo, pero inmediatamente se percata de que una puerta se encontraba entreabierta, la única que daba de la tribuna al ruedo.

No necesitó más de dos segundos para llegar al redondel. A lo lejos, su capote en el suelo, camino a éste, la boina que regaló a Nina el día que cortó dos orejas y rabo en la "Monumental".  El corazón late tan aprisa como cuando se dispone a  matar. Tierra removida, tropieza, se levanta y sigue su carrera hacia la tela rosada que envuelve a su pequeña.

Nina lo observa, tose con dificultad y le sonríe ligeramente. No correrá la misma suerte de su padre: no conocerá al amor de su vida el día de su primera cornada.